DIFERENCIA ENTRE POLÍTICA CRIMINAL Y POLÍTICA GENERAL. ¿QUÉ BENEFICIOS PRESENTA UNA POLÍTICA CRIMINAL BIEN PLANTEADA Y DIRIGIDA?
DIFERENCIA ENTRE POLÍTICA CRIMINAL Y POLÍTICA GENERAL. ¿QUÉ BENEFICIOS PRESENTA UNA POLÍTICA CRIMINAL BIEN PLANTEADA Y DIRIGIDA?
Si hay algo que hay que tener claro de entrada es que la política criminal y la política general no son lo mismo, aunque algunos las mezclen como si fueran la misma vaina. La política general es el conjunto de decisiones que toma un gobierno para manejar el país en distintos ámbitos: economía, salud, educación, seguridad, etc. Básicamente, es el plan maestro para que todo funcione (o al menos lo intente).
En cambio, la política criminal es un apartado más específico dentro de esa estructura, enfocado en cómo el Estado enfrenta el crimen y la delincuencia. Aquí se deciden cosas como el tipo de sanciones, la rehabilitación de los presos, el papel de la policía y los jueces, y qué delitos se priorizan. No es solo encerrar gente, sino evitar que el delito siga creciendo como bola de nieve.
El problema es que muchos gobiernos no saben diferenciar entre castigar y prevenir. Algunos creen que con llenar las cárceles ya resolvieron el problema (como Bukele en El Salvador, con su mega cárcel de máxima seguridad), mientras que otros se van al extremo opuesto y terminan dejando que la delincuencia se salga de control, como ha pasado en México, donde los cárteles tienen más control que el mismo gobierno en algunas zonas.
Lo curioso es que, aunque cada país tiene su propia forma de manejar la política criminal, muchos terminan repitiendo los mismos errores. En países como Estados Unidos, por ejemplo, se apostó por la política de “cero tolerancia” en los 90, metiendo presos hasta por delitos menores, y hoy tienen cárceles abarrotadas y un sistema judicial que favorece a los ricos mientras los pobres siguen cayendo como moscas. Mientras tanto, en Europa, algunos países han optado por modelos más enfocados en la reinserción y han tenido mejores resultados en la reducción del crimen.
Aquí el punto es que una política criminal bien planteada no puede basarse solo en el miedo o en el castigo. Si el gobierno solo se dedica a meter gente en la cárcel sin atacar las causas del delito, al final solo está tapando el sol con un dedo. Y si no hace nada, el crimen se convierte en el verdadero gobierno en las calles.
Aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque cada país tiene su propia forma de enfrentar el crimen, pero al final siempre caen en el mismo dilema: ¿mano dura o mano blanda? Y es que no hay término medio, o se pasan de represivos o se hacen los de la vista gorda.
Si miramos el caso de El Salvador con Bukele, la estrategia ha sido meter a todo el que parezca sospechoso a su famosa “cárcel del terror”, con miles de presos hacinados y sin derechos básicos. ¿Resultados? Menos violencia en las calles, sí, pero a costa de un montón de denuncias por violaciones a los derechos humanos. Es el típico "el fin justifica los medios", pero el problema es que cuando normalizas el abuso de poder, cualquier persona puede terminar en la cárcel solo por mala suerte.
En el otro extremo tenemos países como Argentina, donde el crimen ha ido en aumento mientras el gobierno no ha sabido cómo responder con firmeza. La justicia es lenta, las cárceles están llenas de corrupción y, al final, el ciudadano común es el que termina pagando los platos rotos. Lo mismo pasa en Brasil, donde las favelas siguen siendo controladas por el crimen organizado porque las políticas criminales han sido un chiste.
Entonces, ¿cuál es la solución? El problema es que los políticos casi siempre toman decisiones pensando en las elecciones y no en arreglar de verdad el problema. Si prometen mano dura, ganan votos de la gente asustada por la delincuencia. Si prometen rehabilitación, los acusan de ser blandos con los criminales. Y así nos tienen, en un tira y afloja donde nadie se anima a aplicar estrategias de largo plazo.
Lo que sí está claro es que ninguna de las dos posturas extremas funciona por sí sola. No se trata solo de llenar las cárceles como si fueran bodegas de delincuentes, ni de dejarlos sueltos como si nada. Se necesita una combinación de prevención, justicia eficiente y, sí, castigos severos cuando corresponda, pero sin pasarse de la raya y volverse un estado represivo.
Si hay algo que puede hacer que una política criminal funcione o sea un desastre es el papel de la justicia y la policía. Porque una cosa es tener leyes bonitas escritas en papel, y otra muy distinta es que realmente se cumplan. Ahí es donde empiezan los problemas, porque si la policía y el sistema judicial no hacen bien su chamba, da lo mismo que haya una política criminal perfecta.
Miremos casos concretos. En México, la policía está tan infiltrada por el crimen organizado que muchas veces ni se sabe si están protegiendo a la gente o trabajando para los narcos. Hay regiones donde los cárteles son los que dictan la ley, y los ciudadanos quedan atrapados en medio. ¿De qué sirve tener políticas criminales si quienes deben hacerlas cumplir están metidos en el problema?
En Colombia, con su historia de narcotráfico y violencia, la justicia ha intentado reformas, pero la impunidad sigue siendo un problema. Casos de corrupción, jueces amenazados o asesinados, y un sistema que muchas veces deja libres a delincuentes con poder mientras castiga con todo el peso de la ley a los más pobres.
Y si nos vamos a Estados Unidos, donde se supone que la justicia es más fuerte, vemos otro problema: el sistema carcelario se ha convertido en un negocio. Las prisiones privadas generan millones de dólares, y mientras más presos haya, más dinero ganan. Ahí es donde ves cómo la política criminal se usa no para proteger a la gente, sino para llenar los bolsillos de unos pocos.
En resumen, de nada sirve tener una política criminal bien escrita si el sistema que la aplica está podrido. La policía y la justicia deben ser confiables, pero en muchos países son parte del problema. Sin reformas reales, cualquier intento de mejorar la seguridad es como querer tapar un hueco con cinta adhesiva: tarde o temprano, todo se cae.
Después de todo lo que hemos visto, queda claro que una política criminal efectiva no puede ser ni pura represión ni pura permisividad. La clave está en el equilibrio: hay que combatir el crimen con fuerza, pero sin pasarse de la raya y volverse un Estado represor.
Para empezar, hay que dejar de reaccionar a los problemas cuando ya explotaron y empezar a prevenir. ¿Cómo? Invirtiendo en educación, trabajo y oportunidades reales para que la gente no tenga que meterse en la delincuencia por necesidad. Porque si el Estado solo ofrece cárcel como respuesta, está llegando tarde.
Segundo, la justicia tiene que ser rápida y confiable. No puede ser que en algunos países un ladrón de gallinas pase más tiempo preso que un corrupto que se roba millones. Si las leyes no se aplican parejo, la gente pierde la confianza en el sistema y busca su propia forma de hacer justicia. Y ahí es cuando aparecen los linchamientos, las pandillas y la ley del más fuerte.
Tercero, la policía tiene que estar limpia. Si los que supuestamente nos protegen están metidos en el crimen, ¿a quién se supone que vamos a acudir? No se trata de militarizar las calles y tratar a todos como delincuentes, sino de tener una policía profesional, bien pagada y con controles reales para evitar la corrupción.
Cuarto, hay que dejar de ver a las cárceles como la única solución. Hay delitos que deben ser castigados con prisión, claro, pero si el sistema solo se dedica a encerrar gente sin darles oportunidad de rehabilitación, lo único que se logra es crear criminales más peligrosos. No es casualidad que en muchos países las cárceles sean universidades del crimen en lugar de centros de reinserción.
En conclusión, una política criminal bien hecha no es la que grita "mano dura" cada vez que hay un problema, ni la que ignora la violencia hasta que se sale de control. Es la que ataca las causas del crimen, castiga cuando es necesario y no usa la justicia como herramienta política. Si los gobiernos entendieran esto, no estaríamos viendo los mismos errores una y otra vez en todos los países. Pero bueno, mientras sigan pensando en votos y no en soluciones reales, seguiremos atrapados en este círculo vicioso.
Centro Universitario de la Ciénega, Universidad de Guadalajara. (s.f.). Política criminal. https://cuci.udg.mx/sites/default/files/poltica_criminal.pdf
Presidencia del Consejo de Ministros del Perú. (2023). Política general de gobierno 2023 – 2026. https://cdn.www.gob.pe/uploads/document/file/4325307/4033369-politica-gobierno-2023-w.pdf?v=1716407405



Comentarios
Publicar un comentario